Mi mejor truco

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© De la traducción al castellano: F. Javier Varea - Marzo de 2018 - Prohibida la reproducción total o parcial de esta traducción independientemente del sistema empleado, sin autorización del autor de ella. - Distribución gratuita a través de MagiaPedia - https://magiapedia.com - magiapedia@magiapedia.com


Mi mejor truco por Harry Kellar

Carta enviada por Harry Kellar a su amigo Arthur Gans en 1918

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Hace muchos años, en South Bend, Indiana, un alguacil subió al escenario y se incautó de todo lo que yo poseía en el mundo para pagar a mis acreedores, dejándome como única propiedad la ropa que llevaba puesta.

Por primera vez supe lo que era estar atrapado en una ciudad extraña. Pero, siendo joven y optimista, no me di por vencido. Salí de South Bend, durante una tormenta de nieve, siguiendo la vía del tren hasta llegar a una estación llamada Salem Crossing. Un maquinista de un tren de carga que iba rumbo a Chicago, tuvo la amabilidad y gentileza de permitirme viajar con él.

Una vez en la ciudad, tomé un tren de pasajeros con destino a Milwaukee.

Una vez en la ciudad, me dirigí directamente a las estaciones de tren de Chicago y Northwestern donde tomé un tren de pasajeros con destino a Milwaukee. Mi intención era convencer al cobrador para que me permitiera viajar gratis, por desgracia, ese individuo era obstinado y me obligó a bajarme en Rose Dale, uno de los cementerios de Chicago. Pero no tenía intención de tirar por alto mis aspiraciones mágicas.

Por lo que, emprendí la marcha andando hasta Waukeegan, y tras muchas horas de cansancio y caminata a través de la nieve, cuando por fin estuve a mi destino, agotado y con los pies doloridos, inmediatamente llamé al propietario del Phoenix Hall, con quién mantuve una agradable charla, elogiando su brillante idea de ponerle Phoenix a un lugar que había sido construido sobre las cenizas de otro salón.

El propietario fue muy amable y ronroneó suavemente como un gato cuando propuse alquilar el salón para las próximas dos noches. El hombre no se olvidó de mencionar su reglar de oro, que era disponer del dinero del alquiler por adelantado. Una vez más fui elogioso y conseguí acordar que le daría el importe de la renta antes de las ocho de la noche de la primera actuación. Siendo joven y optimista en aquellos días, como ya dije al principio, estaba seguro de que para entonces ya habría suficiente dinero en la taquilla para pagar el alquiler. A continuación me propuese encargar un montón de flamantes carteles anunciando el espectáculo, pero en la imprenta me exigían un adelanto de 10 dólares y también me advertían de que tenía que terminar de pagar antes de retirar aquellos programas. Francamente, les dije que no tenía ni un centavo, pero que tenía buenas perspectivas. Aquel lugareño era un bastante incrédulo pero como yo era capaz de "convencer a un muerto" [1], no me costó mucho trabajo hacerle ver lo favorable que era el trato que le proponía y no tendría que preocuparse de su dinero si me permitía pagarle con posterioridad.

Así obtuve los carteles que empecé a pegarlos por toda la ciudad. Nadie parecía sospechar que yo era agente, propietario y artista, todo en uno.

En el hotel me encontré con un vendedor de pararrayos muy perseverante que vendía acciones de una nueva empresa que se había fundado con el propósito de fabricar un pararrayos con punta de cobre. Las acciones valían 50 dólares cada una y ya había conseguido un buen número de suscriptores. El más entusiasta de todos ellos era el propio propietario del hotel. El vendedor, preocupado por mi situación económica y sabiendo que no iba a poder hacer frente al pago de la primera noche de hotel, me ofreció cuatro acciones diciendo que pronto estarían por encima de su valor nominal y que obtendría unas buenas ganancias de dicha inversión.

Le contesté que no tenía duda de ello, y que no tendría inconveniente en venderlas para conseguir dinero, pero que prefería que me diera dos acciones y 60 dólares en efectivo, ya que de este modo podría pagar el hotel. El “hombre pararrayos” aceptó.

Vendí las dos acciones al propietario del hotel por 50 dólares en efectivo, que junto con los 60 anteriores, me hacían sentir el hombre más rico del mundo. Inmediatamente llamé a la imprenta y pagué su factura con la dignidad de un millonario, así mismo pagué dos noches por adelantado del alquiler de la sala.

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Hasta este momento no se me había ocurrido pensar en que consistiría mi actuación, ya que todo el tiempo lo había destinado a organizar el acto, y ahora que todo parecía brillar ante mi, me tocaba prepararlo. Conseguí unos disco de hojalata para realizar el “Aerial Treasury”, una baraja de cartas para realizar algunos juegos con ella, dos tazas para el truco del café, preparé una botella de champán vacia para el del “conejillo de indias y la botella”, solamente que sustituí el conejillo, que no podía comprar, por un gatito. De este modo logré ofrecer un entretenimiento bastante interesante.

En uno de los efectos, un anillo prestado era aparentemente perdido. Entonces hacía aparecer un sobre dirigido a alguna persona del público, y dentro de este sobre se encontraría otro sobre dirigido a otra persona, y de este modo 10 o 12 veces, cada sobre, por supuesto, era más pequeño que el que lo contenía.

En el interior del último sobre estaba el anillo prestado, en prefecto estado. Para esto había conseguido los nombres de varias personas del público que escribí en los sobres que había preparado. Cuando le pedí a alguien que me prestara un anillo, una preciosa y elegante dama de ojos negros me entregó un pequeño anillo con unas piedras de diamantes.

Hice algunos comentarios sobre algunos magos que usaban aparatos engorrosos, mientras que yo dependía enteramente de la destreza de mis manos para lograr tales maravillas. Con esto quería despejar de la cabeza del público el uso de aparatos (por la mejor razón del mundo, no tenía ninguno para usar). Llamando a un niño pequeño en el escenario, le di el anillo insinuándole que solo era un préstamo.

No disponía de ningún decorado en la parte posterior del escenario, y quedaban al descubierto tres ventanas bajo las cuales discurría un arroyo. Le dije al niño que tirara el anillo por la ventana. Luego mostré los sobres preparados con los nombres. Un caballero se puso de pie, abrió la solapa y leyó el primero de estos, por lo que los sobres pasaron a 10 personas diferentes. Por supuesto, cuando llegó a la última, les advertí: "Ahí encontrará el anillo prestado".

Imagínense mi sorpresa y deleite cuando en ese sobre estaba dirigido a la misma mujer que me había prestado su añillo. Abrió el sobre y lo recuperó intacto.

Durante unos segundos hubo un silencio sepulcral tras el cual siguió un estruendo de prolongados aplausos. La dama pertenecía a una de las familias más ricas de la ciudad y la casualidad había querido que fuera ella la que prestó su anillo y que también fuera su nombre el que apareciera en el último sobre.

Yo no tenía conocimiento de quienes eran aquellas personas cuyos nombres había escrito en los sobres, solo sabía que se encontraban entre el público ya que le había pedido al portero que me diera los nombres de algunas de las personas prominentes que asistieran, y el nombre de esa señora estaba entre los que me facilitó. Fue el mejor truco que he realizado en mi vida, y que me proporcionó una buena caja la noche siguiente.

Abandoné la ciudad con una abundante bolsa, y con muy buen humor por el giro favorable que había tomado mi suerte. Por supuesto, toda esta buena suerte se la atribuyo a aquella encantadora dama de ojos negros.

Ella fue mi Genio del Anillo.


Notas

  1. En el original se emplea la expresión: “I was able to talk the hind leg off a mule” que viene a signficar: “Soy capaz de hablar hasta de la pata trasera de una mula”. En español esta expresión no tiene mucho sentido, por lo que se ha traducido por otra más popular como es “convencer a un muerto”