Aventuras en muchas tierras

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© De la traducción al castellano: F. Javier Varea - Abril 2017.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta traducción independientemente del sistema empleado, sin autorización del autor de ella. Distribuido gratuitamente por MagiaPedia con autorización - magiapedia@magiapedia.com

Datos de la versión original: Título original: Adentures in many lands - Autor: Julius Zancig - Idioma: Inglés - Año de impresión: 1919

Datos de la versión en Castellano: Primera edición impresa en castellano: Abril 2017 - Edición facsimil para la colección “Biblioteca histórica del ilusionismo” - Numero de esta publicación dentro de la colección: 2 - Editado e impreso en España

El fragmento publicado en MagiaPedia corresponde al primer capítulo del libro.


AVENTURAS EN MUCHAS TIERRAS

por Julius Zancig

Los primeros días.

Nací en Dinamarca, y estoy orgulloso de ser un ciudadano del país de la hermosa reina Alexandra. He tenido el honor de actuar ante la Reina Madre, que, con la gracia y el encanto que le caracteriza, me propuso unas cuantas pruebas de naturaleza entretenida sobre las que hablaré más adelante.

En mis principios yo trabajaba en una fundición, donde recibía la exigua paga – en dinero inglés – de 28 s. a la semana, y estará de acuerdo conmigo, en que el trabajo en una fundición no tiene nada de psíquico. No fue hasta que me marché a Estados Unidos que descubrí por primera vez la notable armonía que existía entre la mente de mi esposa y la mía, dando origen a la idea que hemos llevado en dos ocasiones alrededor del mundo, realizando demostraciones de lectura de pensamiento o, como nos gusta llamarlo transferencia de pensamientos.

Mi esposa era una joven danesa a la que conocía casi de toda la vida, ya que nos criamos en el mismo pueblo. Esto explica, probablemente, en cierta medida, la unión que existe entre nosotros. Pero fue en los Estados Unidos, y no en Dinamarca, que noté por primera vez cómo casi siempre nos anticipábamos el uno a los pensamientos del otro, y más particularmente cuando mi esposa mencionaba algo sobre algún evento en el que yo estaba pensando pero del que no había hablado.

Por ejemplo, cuando llegaba a casa por la noche después de salir de la fundición, me decía si me apetecía comer “tal cosa”, nueve de cada diez veces, le respondía: “ Es extraño querida, pero yo estaba precisamente pensando en eso. ¿Como lo has sabido? Ella siempre respondía: “Simplemente, lo vi”.

Después de que nos sucediera esto una y otra vez, de repente nos dimos cuenta de los interesante que podría ser desarrollarlo, aunque fuera en una pequeña medida. Por supuesto, no teníamos ni idea de todo lo que se podría llegar a desarrollar y de lo maravilloso que ha sido. Comenzamos con unos primeros experimentos muy simples. De un mazo de cartas, yo intentaría obtener una imagen clara y nítida de una de ellas, y mi esposa se esforzaría por decirme cual era.

Tuvimos muchísimos fracasos y no conseguíamos que mi esposa adivinara la carta, y esto ocurría porque no estábamos en armonía. No era tan necesario que ella se concentrara como que lo hiciera yo. Simplemente ella tenía que dejar su mente completamente en blanco, desterrando todos los pensamientos, y permanecer en una condición absolutamente pasiva para recibir la imagen de lo que yo pensaba.

Sólo a modo de experimento, elija una carta de una baraja, y después de mirarla fijamente, cierre lo ojos y esfuércese por evocar una imagen de ella. Encontrará que, al principio, es bastante difícil, pero que con el tiempo conseguirá hacerlo. Por fin, después de muchas decepciones y ensayos repetidos, logré ser capaz de transferir de mi mente a la de mi esposa las visiones mentales de cualquier objeto que estuviera mirando.

Cuando conseguimos, más o menos, perfeccionar nuestro arte de la transmisión de pensamiento, lo utilizamos para divertir a nuestros amigos dando demostraciones privadas en las fiestas, y en cierta medida llegamos a alcanzar cierta fama en nuestra localidad, y dado que era una novedad nuestro entretenimiento llegamos a hacerlo noche tras noche.

Recuerdo que yo era un hombre relativamente pobre que vivía con mi esposa en un modesto apartamento amueblado, que trabajaba duramente durante el día para conseguir un pequeño salario.

De repente me di cuenta de que si me invitaban a esas fiestas no era tanto por el placer de mi compañía como para el interesante entretenimiento que era capaz de suministrar: y dado que era un poco ambicioso, y, si se quiere decir, también mercenario, decidí poner esto a prueba. Así que un día, cuando una conocida dama me envió un mensaje invitándome a cenar esa noche, le dije muy educadamente que lo lamentaba pero me iba a ser imposible asistir.

Mi sospecha se verificó en seguida, porque ella misma, en persona, vino a verme y me rogó que asistiera a su cena, explicándome que había invitado a un grupo grande de amigos con quienes se había jactado de mis maravillosos poderes, y les había prometido una demostración.

“Tiene que asistir” insistió. “Haré lo que sea por usted, si lo desea, incluso le pagaré por ello.” Decidí ver si ella realmente estaría dispuesto a ello. Me dijo que no le importaba pagarme una cantidad si con ello cambiaba de opinión, dijo que si no lo había dicho antes era por miedo a herir mis sentimientos y ofenderme. Le aseguré que no me había ofendido, y que en el futuro, solo ofrecería mi entretenimiento a cambio de una pequeña cantidad de dinero.

Reputación en alza.

El resultado fue que pronto descubrí que mis compromisos sociales era más rentable que mi trabajo en la fundición, por lo que decidí dejarla, y dedicarme al más agradable y menos exigente trabajo que realizo.

Mi primera gran aparición pública fue en el Parque de San Sousa, Chicago, donde hubo un encuentro de astrólogos, quirománticos, adivinadores de todo tipo y, la mayor novedad de todos, los Zancigs. Solo tuvimos contrato por una temporada y por un porcentaje de la recaudación, pero lo hicimos tan bien que cuando querían que volviéramos para la siguiente temporada sugerí que lo haríamos si obteníamos un mayor porcentaje. El director que era de “puño cerrado” se negó a ello.

En este punto, le di las gracias diciéndole que, entonces, no había nada que hacer, y que preferíamos seguir con nuestros compromisos privados.

Dio la casualidad de que en una ocasión Oscar Hammerstein, el gran empresario del Roof Gardens, Nueva York, estuvo presente en una de las reuniones en la que actuamos, y quedó tan impresionado por nuestro acto, que nos contrató por once semanas, suficiente para hacernos famosos.

Después de treinta años de matrimonio completamente feliz, mi esposa falleció. Yo pensaba que todo se había acabado para mí. Parecía que no había nada en la vida por lo que mereciera vivir sin ella, cuando de repente otro acontecimiento maravilloso alteró todo el curso de mi carrera.

Me encontraba en una fiesta cuando la dueña de la casa me comentó que había una encantadora señora a la que deseaba presentarme. Entré en una habitación que estaba llena de gente, y cuando lo hice, me obsesioné con la sensación de que allí había alguien que era parte de mi.

En ese momento mis ojos se posaron sobre una mujer sentada en un lado de la habitación, y sin esperar a que mi anfitriona me presentara, me dirigí directamente hacia ella, y mientras la miraba fijamente a los ojos le pregunté, “¿Su inicial es la A?” ella asintió con la cabeza.

“¿Su nombre es Agnes? - le pregunté, y de nuevo ella movió la cabeza en señal de asentimiento. Una vez más la coincidencia de esta notable reunión se hizo hincapié en el nombre de mi primera esposa, que también se llamaba Agnes. Nos dimos la mano, y tal y como lo hicimos pude sentir que había un lazo de simpatía entre nosotros, y desde ese momento supe que estábamos destinados a convertirnos en marido y mujer.

Después de nuestro matrimonio, descubrí que la misma unidad de mente y entendimiento que existía con la primera señora Zancig también existía entre mis segunda esposa y yo. El resultado fue que practicamos, y ahora hemos alcanzado esa misma notable eficiencia a través de la cual una vez más se puede decir de nosotros que somos “dos mentes en un solo pensamiento.”